lunes 31 de agosto de 2009

Sobre la innovació i altres aforismes


Experiments ideals
No poden desencantar-se de la innovació aquells que no han contrastat el resultat de les seves hipòtesis. Tot just perquè no les han posat a prova. A Galileu l’acusaren d’abusar dels experiments ideals. Són necessaris, però cal no utilitzar-los com l'ùnica forma de fer ciència, i sobre tot, cal avaluar-los amb criteris científics, la qual cosa no és usual en l'àmbit de les TIC.

Il·lussió
L’il·lussió per la innovació es patrimoni dels innovadors. No és una essència de la natura dels aprenents. I cal establir els criteris per a mesurar-la. Les tecnologies tecnifiquen l’aprenentatge. La qual cosa no vol dir automàticament que el facin més efectiu.

Límits
Els límits entre software lliure i propietari no poden confondre’s amb els límits entre ensenyament progresista o regresiu. Ni molt menys pensar, en la línia d’un marxisme ingenu, que aquell software ens fa millor persones. I menys quan els sistemes operatius clients comencen a ser totalment prescindibles. Per contra, cal pensar, si les nTIC, per definició, poder ser en alguna mesura instruments ètics i no només mecanismes tècnics d’integració en una societat modulada, la societat dels plugins.

Ensenyament professional
Per què s’han el·liminat dels curriculums de Formació Professional les Humanitats? A quí li convé? Aquesta mesura, quins ciutadants contribueix a "educar"?

Tecnologies de la paraula i de la memòria.
L’òrgan principalment revolucionari i conservador a la vegada és el llenguatge humà. Fonètica i simbologia. A la pantalla es consulta, s’investiga o es lligen continguts. Amb la paraula i la seva extensió natural, l’escriptura, es reflexiona sobre el sentit dels continguts. El vehicle no es el fi, es tan sols el vehicle, però els vehicles poder ser més o menys còmodes i adequats per a trajectes llargs o curts. I no tots serveixen per igual.

Una imatge i mil paraules.
Mai no pot una imatge valdre per mil, ni per cent paraules. En primer lloc perquè el llenguatge gràfic té menys poder connotatiu que les combinacions possibles d’ixes cent o mil paraules. En segon lloc perque el llenguate gràfic cal entendre’l, i aprendre’l. I per a això fan falta paraules.

Darrere la innovació...
trobem interessos acadèmics, polítics i estadístics, com darrere de moltes altres coses. En els resultats de la innovació amb TIC no trobem una societat millor, sinò només uns indicadors socials millors o més alts. Seria tan absurd confondre aquestos dos conceptes com confondre el PIB amb la qualitat de vida d’un estat.

Anarquisme epistemològic contra la societat d’experts i meta-experts
Rellegim Paul Feyerabend i apliquem al discurs tecnoeducatiu actual algunes de les seves tesis. Recuperem les experiències individuals, locals i limitades, la coexistència de medis i de tradicions epistemològiques. No s’oblidem del poder persuassiu i escénic de la paraula i recordem que fins i tot en l’àmbit universitari ja fa temps que s’ha observat que la reducció dels continguts a esquemes digitals, com ara al PowerPoint,  li fa poc de bé als continguts i molt al PowerPoint, tot i que el PowerPoint es diga LinuxPoint.

Modèstia de la teoria pedagògica
Cal parlar des de les experiències individuals, preferiblement a baló passat. I encara que la ciència ha avançat a base d’acumular-ne i compartir-ne (i ací el poder dels media és indiscutible), ho ha fet sobre la base de l’autocrítica, l’autoavaluació i el rebuig de dogmes, fins i tot de dogmes científics. La pedagogia ha d'agafar exemple.

Mòduls professionals i societat de plugins
Cura! Responen als mateixos esquemes de dividir per a vencer. La modulació crea la impressió de l’especialització i de l'expertització, en contra del caràcter crític, holístic i comprehensiu del pensament.

Bon rotllet :-)

lunes 24 de agosto de 2009

Aceleración/Repetición. La muerte en tiempo real


En esta era de idealidad de los modelos, se ha impuesto la aceleración como nuevo absoluto. Paul Virilio habla primariamente de la velocidad, pero sabemos que ambas sólo se diferencian si las referimos a una unidad discreta de tiempo. La aceleración, en tanto concepto, desborda las categorías clásica de análisis, pues remite a una escalada de los acontecimientos fuera de los ciclos lineales, hacia sus extremos, en una tensión permanente para salirse por ellos. En los sistemas de comunicación y taxonomización virtuales, como el microblogging o los agregadores, es frecuente encontrarse con que las cantidades de “choques informativos” acaban por desmentir el objeto y el sentido de las herramientas: aquello ideado para comunicar aniquila la comunicación por la proliferación exagerada de mensajes. Aquello ideado para ordenar y filtrar la información resulta tan eficaz que nos devuelve, clasificadas, miles de entradas que finalmente marcamos como “leídas”, por imposibles de leer. Sólo soportamos el orden de lo concreto, pues el orden que supera la escala de lo humano es equivalente al desorden. La aceleración conduce a la muerte (también lo dice Virilio), produce la muerte por exceso, por inflación de sentido, y nos devuelve el cadáver de nuestros conceptos, igual que los cerdos ahogados emergen tras un tiempo a la superficie, hinchados y morados.

La aceleración, en tanto principio de realidad, obliga a los acontecimientos a escapar de las determinaciones de la historia, que siempre tratan de reinvolucionar todo proceso hacia lógicas lineales. Por eso, la aceleración proporciona descripciones “ideales” de los procesos sociocomunicativos (y productivos) en la era del postcapitalismo: la proliferación logarítmica de objetos, pero también de micrologías y legitimaciones, supone una nueva metafísica ajena al principio histórico de realidad. Las cosas y los sujetos tratan de escapar de su radical materialidad acelerando. En tánto móviles, nuestras prácticas y nuestras “inscripciones” sociales son proyecciones telemáticas que anulan la idea de un tiempo de reacción, dado que este tiempo, a imagen de los microprocesadores, es rápidamente reutilizado y optimizado para producir más sentido. ¿Qué es, si no, la idea de una web en tiempo real? Esta idea resulta atractiva porque, de materializarse, escenificaría la transparencia absoluta, la producción absoluta, en su sentido puro, fuera de cualquier espacio, fuera de cualquier perspectiva y, por tanto, de cualquier sistema de representación (o teoría).

Estamos ahora en este boiling point. La aceleración clausura toda una representación del tiempo y, desde una clausura tal, cualquier cosa puede ser deducida de iure. De ahí la escapada sistemática de los acontecimientos a las predicciones, y el desmentido constante de las leyes sociales. De ahí también la vehemencia de los nuevos gurús de lo digital en producir más teoría. Paradigmáticamente, ni siquiera el discurso que pretende reencontrar una moralidad y una verdad en las nuevas prácticas virtuales consigue escapar al principio de la aceleración. La repetición transhistórica de actos comunicativos y la serialización de los comportamientos en las redes no revelan una nueva verdad depositada ahora, por fin, y gracias a la tecnología, en lo social, en lo colectivo: sólo provocan un desvanecimiento del sentido, una “inconsciencia” del mundo.

El principio de la aceleración es correlativo de la reproductibilidad técnica del mundo. La conversión de lo real en virtual y la subsiguiente obsolescencia de la propia oposición es consecuencia de los procesos de digitalización no sólo de la información, sino también de las actitudes, exhibidas ahora como expresión de una personalidad imaginaria, el avatar, que se desea hacer pasar por verdadera. De la digitalización y de la valorización económica de la información digitalizada en una economía de tránsito (el nomadismo del valor, o el gateway value). Cuando hablamos de lifestreaming estamos anticipando ese estado de las cosas en el que lo "real" se habrá vuelto inservible en tanto referencial objetivo. Estas operaciones colectivas on the cloud son, otra vez, aceleración hacia lo que, aún sin haberse producido, ha anticipado ya todas sus manifestaciones en el modelo. Sin sospecharlo el hombre occidental, los japoneses nos habrían ganado por la mano, en este sentido. Quizás toda esta trama contra la realidad no sea más que una gigantesca trampa del Sol Naciente, que consiste en devolver ahora el barroquismo técnico, principio de realidad del Occidente contemporáneo, contra sus propios ideólogos. Una maravillosa hipótesis, la de la venganza del Imperio del Sol. Los japoneses, decía el fenecido Umbral, poseen en secreto un mundo a escala, meticulosamente reproducido en imágenes y recompuesto milímetro a milímetro. Maestros de la copia, de la repetición más terriblemente ahistórica que pudiera imaginarse, los propios japoneses son la quintaesencia suya.

Aceleración y repetición recurren entre sí. Pero el límite de la traslación de los cuerpos es su misma disolución en la espera total, en el equilibro perfecto. Un universo detenido por encima “de todas las movilidades”, parmenídeo y organicista a la vez, en el que toda legitimación de nuestros actos ya no remite al Logos, sino de nuevo al Mythos.  Cada puesta en marcha, cada “arranque”, cada “partida” reproduce por anticipado el final definitivo, convirtiéndose así en modelo del reposo absoluto: “la pequeña muerte de las partidas, la rapidez del desplazamiento equivale ahora a la desaparición de la fiesta sin mañana del viaje y significa, para cada uno, una suerte de repetición en diferido del último día”.

Así se clausura la historia y lo histórico: sin finalidad aparente, sin causa, visible o imaginable. Esa repetición nada tiene que ver con la deleuzeana. No tiene depresiones; más aún, no es real. Se trata de un efecto especial, una forma extraña de producción del mundo, ajena a las coordenadas: un movimiento ideal, sin profundidad , sin campo y sin sujeto.

Y nosotros, deliciosamente trasladados al mundo fractal de las posibilidades indecidibles, el virtual, nos encontramos suspendidos en ese punto: alejados por igual de la reinvolución en la historia y de su superación. Una repetición sin diferencia: es todo cuanto es capaz de producir nuestra flamante y recién estrenada naturaleza en la socialidad-red.

Buen rollito :-)

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sábado 22 de agosto de 2009

Lo social y la socialidad, su simulacro

[Nota: de ahora en adelante, todos los post de este blog incluirán como cabecera el Wordle correspondiente]

No. No es lo mismo lo social que la “socialidad”. Y no me referio sólo a que los conceptos pertenecen a un orden lingüístico diferente. Quiero decir que se pueden dar el uno sin el otro. De hecho, la relaciones entre los sujetos en el metaverso son así: escenarios de socialidad sin cuerpo social. Escenarios de libertad sin utopía. Transparencia sin profundidad.

Lo social pertenece al tiempo fuerte de la historia. Tiempo newtoniano en lo físico, dialéctico o crítico en lo energético. Tiempo en el que los acontecimientos se producen según estructuras que tiene como polaridades al sujeto y al objeto, y como destino la transformación o la revolución. Es el tiempo fuerte de la economía política y del valor de uso y de cambio. Tiempo del racionalismo, los procesos orientados a fines y guíados por objetivos. Desde el Renacimiento hasta mitad del siglo XX, en que el capitalismo postindustrial se alía con los medios de comunicación de masas, la historia fue concebida como la representación humana del tiempo fuerte de los acontecimientos: las grandes esperanzas de una humanidad mistificada y sublimada en el hombre blanco, los Grandes Hombres de Carlyle, el marxismo tan certero y tan ingenuo a la vez, la obsesiva transformación de la naturaleza. He ahí el tiempo fuerte de lo “real”, los metarrelatos legitimadores y de lo “social” como socius, como cuerpo y como objeto de teorías y liberación.

La socialidad, derivada de la proyección de los discursos colectivizantes y armónicos al mundo virtual, en cambio, ya ni siquiera es un concepto, latu sensu, sino, antes bien, un simulacro potenciado al extremo de la idea de un cuerpo social que valdría la pena mantener y en el que (y por el que) nos sentiríamos representados. La socialidad es el tiempo débil de lo social, correspondiente a la disolución del sentido radicalmente transformador (no digamos ya revolucionario) de nuestras prácticas. La socialidad es la muerte en vida, y la vida eterna de lo social, que, convertido ahora en modelo de representación del ciberespacio, pervive, intocable y momificado, como referente meramente ideal y abstracto de nuestros discursos, igual que la arquitectura vive para siempre en la representación ideal y pura de la geometría. Éstos, los discursos, se empeñan, se enfrascan en producir su objeto a toda costa. Como si a base de repetir que nuestras prácticas son sociales, colaborativas y abiertas, fuéramos por fin a producir los acontecimientos necesarios para ello. La materialidad del concepto (los estoicos: “si dices un carro, un carro pasa por tu boca”) se ha desmentido en el universo de la virtualidad, pero, a la vez, ha renacido, reluciente, convertida en avatar y en proyección holográfica de un sujeto inexistente en tanto tal.

Cuando observamos la contumacia del sistema económico, tratando siempre de revertir a ecuaciones lineales y performativas las emergencias aleatorias y los usos incontrolados de las herramientas digitales y los espacios de socialidad, lo que realmente contemplamos es la lucha entre dos lógicas: la del orden de la realidad y la del orden del simulacro. La primera es fuerte, la segunda débil. La primera es histórica, la segunda no. La primera se envuelve en el manto moralizante de los conceptos liberadores de las éticas materiales: el crecimiento sostenible, el bienestar, el beneficio legítimo, el progreso y la contribución al equilibrio planetario. Sabemos que todos estos conceptos son falsos, pero aún así lo social toma la determinación de seguir creyendo en ellos, y produciéndolos por doquier, pues lo falso es la condición de verdad de lo verdadero, y, como en las teologías, el fundamento de la esperanza. La segunda es dionisíaca y toma la forma energética de los movimientos de masas: acciones sin memoria y sin objetivo, acciones fáticas, estéticas y pseudocomunicativas. Un fin sin finalidad, contra Kant y con Baudrillard. Aquí no hay territorio para la verdad y la falsedad. La socialidad pertenece al orden de la fascinación, la seducción y el espectáculo, y estos órdenes rescinden toda relación contractual con la ontología de la verdad. En la socialidad nos abolimos todos como sujetos para renacer como avatares.

De alguna manera, sin embargo, el exceso del simulacro, que es un doblaje de lo “falso” que acaba por explosionarlo, sigue abriendo puertas a la reinvolución en la historia. Aún no hemos aprendido a liberarnos del orden de lo real. Nuestros avatares siguen siendo demasiado humanos.

Buen rollito :-)

viernes 21 de agosto de 2009

Las ocho profesiones del futuro en la web social y la era del conocimiento organizacional abierto

Don Quijote by Honoré Daumier (1868)Image via Wikipedia

Leo en The Fake Magazine, edición española, la siguiente noticia, que me impresiona:
“La Comisión Europea de Educación, asesorada por un comité de expertos en la sociedad de la información y en la detección de tendencias organizacionales, propone a las universidades europeas un borrador con ocho nuevos títulos que se espera respondan con eficacia a las nuevas demandas de la sociedad del futuro. Estos títulos y posgrados tienen por objeto la formación de profesionales cualificados, empáticos e innovadores, y ya han sido sometidos a la consideración de los Consejos Nacionales de Educación Superior de los estados miembros. Los nuevos títulos anunciados son los siguientes:
1. Prosumidor Procaz. Ávido repartidor de juego social. Realizará por todos nosotros las digestiones de información procedente de Facebook, FriendFeed, Twitter, Twine y otros servicios sociales. Producirá vectores de fuerza que expandirá en red, tras lo cual se quedará tan pancho.
2. Tecno-Goliardo. Apóstol y proclamador mendicante y heterodoxo de las bendiciones de la sociedad hipertecnológica que ha de venir por segunda vez. Gurú del conocimiento abierto y free, previo pago.
3. Asesor de Futuribles. Experto en combinar modelos analíticos procedentes de la magia, la adivinación, el software x.0, el conocimiento en red y los apocalipsis virtuales para vaticinar cambios a balón pasado. Su lugar natural es un despacho en las instituciones y gobiernos para gestionar el futuro inventando nombres excéntricos para las cosas más sencillas, que, dichas sencillamente, resultarían incomprensibles para la mayoría.
4. Retwetteador Profesional. Experto en detonar los espacios privados, declarados muertos hace tiempo por cualquier ciencia moderna, in y cool. Neochivato sin las connotaciones peyorativas y anticuadas de la palabra. Amigo para siempre de los diseñadores de cuartos de baño sin paredes y firme pastor de las efemérides de los demás. Su Máster en Investigación de Tendencias, perdón, Trends, obligatorio tras el Grado, lo capacitará para encontrar, en el universo todito, a la media naranja de cualquier persona u organización, para poder así interactuar con ella proactivamente, y todo ello contra la advertencia del antiguo de Ortega y Gasset de que, en caso de existir la media naranja, el mundo es demasiado grande y la vida demasiado corta como para despericiarla en esa búsqueda.
5. Apóstata de Tradiciones. Especialista en mostrar la ineficacia de cualquier sistema anterior de producción de cualquier cosa. Esta figura esencial en todo modelo de aprendizaje organizacional alcanza la quintaesencia de su cometido en las fases iniciales de un proyecto, en el momento en que el Consejo Ejecutivo de la organización debe convencer a los accionistas de la viabilidad de una idea desarrollada por un Tecno-Goliardo, comprada no obstante a un Asesor de Futuribles que utilizó a un Retwetteador Profesional para detectar su demanda en la red y anticipar su necesidad.
6. Anacoreta Fisiológico. Esta profesión, ejercible, a diferencia de las anteriores, sin necesidad de un posgrado, exige auténtica vocación, pues no sólo conlleva la abstinencia de cualquier función corporal de la era del Hombre (y de la Mujer) sino que lleva adherido un voto de fidelidad a un teclado y a una pantalla, abandonando el mundo socio-familiar y sublimando los propios deseos en aras de que el conocimiento fluya sin cesar. La producción compulsiva de almorranas es el único pero de esta abnegada, aunque, por lo demás, reconocida y apetecible profesión.
7. Electricista. Uno de los títulos anunciados que más ha sorprendido a todos, por extraño. Su configuración aún se encuentra en fase de desarrollo, pero según se comenta en los pasillos, se trata de una profesión que va a estar muy bien remunerada en el futuro. En los así cualificados recaerá probablemente la responsabilidad de mantener con vida todo el sistema, pero aún no se sabe cómo.
8. Trabajador. Este título está verde. Apenas documentado. Ninguna Universidad ha manifestado todavía su interés por impartirlo. Es previsible que desaparezca en la redacción definitiva del texto legal."
Buen rollito :-)
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miércoles 12 de agosto de 2009

Technohaiku: mi nuevo blog de aplicaciones educativas en línea



En este post de tema inusual para el presente blog quiero anunciar que he puesto en marcha un nuevo proyecto. Se trata del blog Technohaiku (http://technohaiku.posterous.com/), orientado a describir de manera breve, apenas una imagen, un enlace y unas "pinceladas", aquellas aplicaciones que me parecen interesantes porque pueden ser aprovechadas educativamente. La idea de Technohaiku no es presentar una lista exhaustiva de aplicaciones, sino más bien proponer aquellas con las que he lidiado o estoy lidiando en la actualidad. Como norma, trato de experimentar con las aplicaciones, bien en un uso prolongado, bien instalándolas en mi hosting, bien cacharreando un rato con ellas, abriendo cuentas y proyectos de prueba.

El nuevo blog se orienta a aplicaciones y utilidades. No es mi intención dedicarlo a recursos elaborados. En la pincelada breve (de ahí el sufijo haiku) que acompaña a la captura de la aplicación trataré de proponer algun uso educativo para el que, bajo mi punto de vista, podría destinarse la herramienta. La otra condición autoimpuesta es que las aplicaciones se ejecuten en línea y que el resultado de utilizarlas pueda ser enlazado o incrustado en blogs, wikis y páginas web, de acuerdo con la tendencia social que nos envuelve. También me centraré en aplicaciones gratuitas y de código abierto (open source), dejando en la medida de lo posible el negocio para los negociantes.

En realidad, la idea de este proyecto es un tanto egoista. Hace tiempo que deseaba hacer un catálogo de las decenas de aplicaciones con las que casi a diario trasteo, para encontrarlas rápido y de un vistazo. Siempre está Del.icio.us, o simplemente los Marcadores, claro, pero no era exactamente eso lo que pretendía. Al volcarlas en un blog me obligo a describirlas, ponerles "cara" y etiquetarlas (a la vez que las dejo al alcance de todos los que no utilizan Del.icio.us) de una manera visual y limpia. Será pues, mi almacén particular de herramientas, y lo iré enriqueciendo sin vocación de exhaustividad, a partir de mi modesta experiencia, que espero que os pueda servir de algo.

He utilizado para este proyecto Posterous como gestor de blogs. Su sencillez y la claridad de su interfaz lo hace perfecto para los "haikus". Asimismo, debo reconocer la deuda (ya lo hago en la página) con MoMB, del cual he extraido la idea general.

Technohaiku tiene una fecha de nacimiento. Eso significa que existen decenas de aplicaciones que vengo utilizando desde hace tiempo que, de momento, no se encuentran en la lista. Las dejo para ir incorporándolas los días que me encuentre espeso y sin novedades. Que de momento no esté Moodle, Audacity, Ning o Wikispaces no debe ser interpretado como un descuido. Tiempo al tiempo.

Por último, las aportaciones de mis amigos en Facebook y Twitter enriquecerán está web de aplicaciones. Que las sugieran aquellos que tienen mis mismos intereses y a quienes sigo es para mi toda una garantía. Espero que me ayudéis a difundir este blog de vocación educativa y desde el principio acepto todas vuestras opiniones y, cómo no, vuestra ayuda.

Buen rollito :-)

viernes 31 de julio de 2009

Posmodernidad , transmodernidad y el fin de lo social a manos de la tecnología

He leído hace poco, en un hilo de socialidad, que alguien se alegraba al corroborar que Internet es un invento hippie. Esa idea me ha rondado por la cabeza insistentemente estos días, porque, sea o no verdad que una naciera de los otros, lo que sí es cierto es que ambos, Internet y hippies, han muerto del mismo modo. En otras palabras: forman parte del tiempo “del mismo modo”.

Si es cierto que en la sociedad histórica de las necesidades había una neta separación entre teoría y praxis (Marx), si es cierto que en una sociedad sin necesidades la teoría estaría enteramente politizada y la distinción se habría abolido (Barthes), entonces, por idéntico razonamiento, en una sociedad cuyas necesidades son creadas artificialmente ya ni siquiera tenemos teoría y todas las energías (lingüísticas, políticas, utópicas...) deben ser reinyectadas en lo social indefinidamente, en un fantástico efecto de diálisis, con el sólo objeto de mantener su cadáver (el de lo social) congelado sub specie aeternitatis por encima de nosotros.

Nunca ha habido otra utopía que la propia modernidad, y ésta ya fue clausurada (aunque todos habríamos deseado un acto apoteósico y desencantado para "representar" ese final). Sin embargo, nuestro universo ya no pertenece al orden del apocalipsis, y por eso una experiencia histórica de cierre estuvo y está fuera de lugar. Sólo podría establecerse una necesidad teórica de disuasión, que consistiría en conjurar la desaparición de lo social con el lenguaje. Y eso es precisamente lo que sucede hoy. Disuasión paradójica y extrema, puesto que nos devolvería para siempre el poder puro, liberado de la ideología, los conceptos puros liberados de sus objetos, los objetos puros liberados del hombre.

En los años 60, toda una trama de diferencias, microcódigos, polihistorias pequeñoburguesas o subversivas, fue invocada contra el terror hegeliano de una razón totalizadora. La diferencia deleuzeana decía: liberemos el deseo sin finalidad, el intercambio sin valor. Y luego quería presentar esta experiencia de la fragmentación como un neovalor auténtico, jugado privilegiadamente en las esferas del arte y el psicoanálisis. Lo posmoderno, empero, fuere lo que fuere, no se reconocerá en el mundo atomizado, porque este mundo ligado a la desesperación revolucionaria y la rotura de los relatos, pese a su autoconciencia, nunca pudo dejar de aparecer como formalmente platónico; había en él una estructura de producción una metafísica de la verdad, una arquitectura de los flujos, articuladas sobre un paradigma esquizofrénico (economía libidinal). Se quiso reconocer en él un proyecto político, al que todos habríamos debido obedecer. Una nueva ciudad ideal sobre los territorios devastados y nihilistas del capital.

Fructífera imaginería, la del socius, la de la materialización de la negatividad. Lo malo, sin embargo, es que lo negativo desapareció muy pronto de nuestro horizonte. Asistimos hoy a las formas positivas y emergentes de lo real, a esa clase de brillo depurado que acontece a las mercancías cuando han abandonado todo campo posible de análisis, al universalizarse telemáticamente y sustituir, para escándalo de los intelectuales, su substrato metafísico por una desencarnada ontología iónica. Lo que se da en el presente es la retirada de la teoría, de la misma representación de las cosas según fines. Ya no podemos hacer hablar a la diferencia. Ninguna experiencia de la dispersión y la individualidad dice nada significativo. La dispersión, el fragmento, el collage, no tienen conciencia, sólo se yuxtaponen en una planicie sin profundidad, un fotomontaje del mundo. La única metáfora posible ahora es la de la arquitectura sin ciudad y sin utopía (y, ciertamente, la arquitectura teórica se busca desde hace décadas en los lenguajes autófagos y recurrentes: Eisenmann).

Asistimos a la escritura recursiva del mundo. Nuestras palabras, sintéticas todas ellas (como nuestros mitos), continuan en la babia del infinito, por lo cual nosotros continuamos en un bobalicón y fascinante estado de indiferencia. Si hay alguna tarea posible, ésta será la atribuida por Tom Wolfe al político neoyorkino: hacer que llevemos bien el hecho de que no pasa nada. Es el trabajo de Sísifo de toda revolución.

Todos los desencantos posibles, todas las advertencias posibles, todos los adjetivos posibles, han sido señalados ya, y esto es lo que resta su poder a los conceptos y lo transfiere a las palabras consideradas en tanto signos y sólo en tanto signos. La forma de nuestro universo es estética de cabo a rabo y lo demás es silencio. Formamos parte de un modelo vírico de sociedad, en el sentido de que no sabemos exactamente de qué dirección podría provenir eso que Lyotard llamó una nueva begebenheit. De ahí que ésta no se dé como experiencia de discontinuidad de los fines, sino como una “desaparición” de las finalidades, lo que podría caracterizarse más precisamente como desviación del tiempo histórico, como olvido de sus hilos y de su proyecto. En el interior de esta borrachera del ser, en la bacanal lúdica de sus ironías, los relevos se suceden vertiginosamente. Los expertos en gestión del cambio, los insiders tradings, los gurús tecnológicos y los descendientes virtuales de aquellos ahora primitivos yuppies i dinks (double income, no kids) han eliminado por K.O. a los welthistorische individuen. Los "highly motivated teams", los expertos en control de procesos y flujos, patriarcas de la optimización de sistemas, los loobies y corporatismos, le han ganado por la mano a la publicitada eticidad de la Bürgerlische Gesellchaft, la sociedad sencillamente civil, bienpensante y objeto hasta hace poco de todas las teorias y los esfuerzos liberadores de intelectuales y gobiernos. En fin, los "computer network concepts" han acabado con aquellos otros conceptos, la Naturaleza, el Imaginario, el Individuo, el Progreso... Aquí giramos todos, en el ruedo de un destino manierista del que no sabemos nada, ni siquiera cuándo fue inventado ni con qué perverso objeto.

Devaluado ya el concepto de posmodernidad, pero incapaz el hombre de deternerse y poner fin a las advocaciones, leo en Facebook que hay quien ha llamado “transmoderna” a esta weltbegriff, a esta “escritura del mundo” (o así lo he interpretado), pero ello no puede ser sino otro ejemplo de los límites de todo lenguaje. Estamos en ese punto de los lenguajes denominado autorreferencial: tras mucho buscar, y buscarse, todas las escrituras, todas las ontologias, parecen evidenciar que jamás han traducido nada significativo, y no habrían estado más que hablando, orgullosas, todo el tiempo de sí mismas. Una tautología snob, más próxima al best-seller que a un auténtico "concepto de mundo" -o incluso que a la fantasía de un concepto tal-. En el límite, todos nuestros discursos se parecerían a aquel "Live or Die", pintado sin objeto y sin memoria en la puerta de una letrina, en el malecón de Santa Mónica, cuyo sentido no es otro que el de la indiferencia: “muérete tú, porque eres más estúpido que yo”.

Buen rollito :-)

miércoles 15 de julio de 2009

Gateway Value: economía del nomadismo virtual

Antes de Internet todas las aplicaciones, el software informático, se ejecutaban en un ordenador cliente, esto es, en el ordenador del usuario final. Claro, no podía ser de otra manera. La compartición, o el simple guardado de un archivo, debía hacerse “físicamente” e in situ, almacenándolo en el disco duro, o transportando el archivo exportado por una aplicación a otro ordenador, mediante un disquete, cinta de backup, etc.

Con la llegada de Internet las aplicaciones cliente comenzaron a “inclinarse” poco a poco hacia la nueva red. Primero eran simples enlaces a contenidos “de ampliación” (típicos en las enciclopedias digitales y en los CD’s temáticos que se pusieron de moda hacia mitades de los noventa). Pero la aplicación cliente era aplicación cliente, y la red era otra cosa. El paso siguiente, muy globalista él, fue el desarrollo de la intuición de que la conexión a la red era innecesaria, y algo que contribuía a percibirla como separada del propio ordenador conectante, y a percibir lo que sucedía en Internet como algo separado de lo que sucedía en el ordenador de cada uno. Algunos decidieron entonces que eso, no sólo no era bueno para el negocio, sino que no era bueno para la sociedad en general. Y eso sí que no podía tolerarse. Así pues, Microsoft y otros se afanaron en producir sistemas operativos que, conjugados con las tecnologías de conexión post-módem (el mundo post-módem se convirtió también en la fase post-mortem del individualismo, a favor de las nuevas mitologías de la socialización y la colaboración), convertían en un continuum la relación ordenador-red. Los ordenadores ya estaban conectados, por el sólo hecho de enchufarse a la corriente eléctrica. La instalación del sistema operativo conlleva, de manera transparente, la configuración de la conexión. El sistema operativo que no configura por sí mismo el acceso a la red nos defrauda. Lo primero que hacemos al reinstalar uno es comprobar si ha hecho los deberes: el acceso funciona, luego existo. El acceso no funciona. “Pues vaya mierda de sistema operativo”.

La exploración de la red, cómo no, se hacía (y se hace) a través de un programa cliente (el navegador o browser), pero este programa no se “percibe” como los demás. Por lo pronto, el programa en sí mismo no hace nada: no procesa textos, retoca imágenes o crea secuencias de vídeo. Es, antes, bien, una “puerta” al otro mundo, al mundo de lo digital-etéreo, de lo ubicuo, lo que, como el Demiurgo, está a la vez en todas partes y en ninguna. Un navegador actual, receptáculo de protocolos y plugins, contiene la esencia de toda pasarela al más allá del espacio y del tiempo: H.G Wells y Stargate reunidos en un gigantesco tropo de bits que convierte al browser en una extensión de nosotros mismos, y, por extensión, en la representación de la totalidad del espacio virtual. A los ojos de muchos de mis alumnos más pequeños (esos a los que Prensky denomina, sin saberlo ellos, nativos digitales), Internet es el navegador, y “¿tienes Internet?”, que se ha convertido en una extraña y frecuente pregunta cada vez que enchufo el micro PC en un aula, en "¿tienes un navegador?" (pues cuando les digo que Internet no es algo que se “tenga o no”, se quedan mirándome con cara bobalicona y alguno, levantando el dedo hacia el icono del Mozilla o el Explorer, al que reconocen mejor, le dice al interrogador, con aires de alfabeto tecnológico, “pues, ¿no ves que sí?” y se queda tan pancho).

Un navegador es en realidad una fantástica sinécdoque, un pars pro toto virtual o, si se quiere, una metonimia, pero en cualquier caso un deslizamiento del sentido que, como buena figura literaria, dice mucho más de lo que aparenta decir, pues nos informa de que semejante desplazamiento se ha obrado también en la percepción del papel que el control del escenario virtual-social juega ahora en la vida digital, contra el que jugaron las primitivas aplicaciones cliente en la vida prehistórica. El sueño paradigmático de Internet es perfectamente analizable por ese efecto de desplazamiento retórico de lo individual a lo colectivo, de lo concreto a lo etéreo, de lo material a lo inmaterial, y, en suma, de la producción de contenidos a la metaproducción de discursos.

Tras el proceso de integración de lo local y lo remoto, le llegó el turno al desplazamiento de las identidades. No entenderemos nada si nos abocamos a la comprensión de los metaversos virtuales con los instrumentos conceptuales de la era del sujeto. Y en esas estamos hoy. Tal desplazamiento se visualiza en el futuro próximo como una “disolución”, en términos químicos, o una integración, en términos matemáticos. Y este planteamiento tiene que ver, en el límite, con la innecesariedad del propio ordenador, que es como decir: del propio sujeto. Éste ya no es concebido como una terminal operativa, sino como un simple medio para que la información y la socialidad sigan fluyendo, a través él, hasta otros usuarios-red. Es decir, tú y yo no somos un destino de la información, sino nodos o condiciones del flujo de la misma. Si estamos “apagados” no pasa nada, porque somos sólo dos, pero si se “apagan” varios millones de usuarios, la red, que sigue existiendo como tal, pierde ahora la mayor parte de sus determinaciones esenciales, y si el apagón se prolongara durante varios días el mundo sufriría una crisis virtual de verdad, es decir, economía incluída. Aunque no se resientiera la red física, el backbone, construido, a imagen del cerebro humano, para funcionar en ausencia de muchas de sus neuronas, sí entrarían en depresión los principales conceptos a través de los cuáles se valoriza, produce y re-produce: la socialidad, la colaboración, la interacción, las comunidades, la semantización... Y éste es un gran demérito con respecto a la red-terminal.

Pues en la red-terminal el destino de las operaciones digitales (bases de datos, foros, o primitivas BBs) eran los usuarios finales y la información servida a estos para su procesamiento. Si antes estábamos valorizados como usuarios ante aquellos que creaban contenidos y herramientas, ahora no valemos si no somos capaces de dejar una huella, una “impresión” en una red social. El valor del sujeto en tanto sujeto se ha transferido ahora al valor de sus cuentas y passwords, y es proporcional al valor de sus inscripciones, surgiendo así un nuevo gateway-value o valor-pasarela. El valor-pasarela es un valor temporal, un estado "beta permanente" del valor, pero, por ello, el único que tiene sentido en una economía del nomadismo virtual. Las redes sociales se alimentan de huellas de miles de usuarios que, a su vez, son rastreadores y puertas de paso: RSSs, trackbacks, etc., son los rastros de la socialidad en esta red. La identidad, que habría de ser individual por definición, es ahora una baba de caracol que se extiende a lo largo de miríadas de conexiones en el metaverso. Las comunidades que no consiguen la masa crítica suficiente son relegadas al ostracismo, “apagadas”, y no son reevaluadas en esta economía de tránsito del conocimiento. El nuevo indicador del valor es la masa dinámica, no necesariamente real: proyectiva. Entramos en una economía del nomadismo digital masivo, y ello sucede sin una efectiva nostalgia de la era del sujeto, y con la fascinación propia de los espectáculos circenses. La producción de contenidos de calidad tiene lugar, no por un trabajo expreso y orientado, sino por un efecto estadístico similar al que se utiliza como argumento a favor del software libre: en él confluye el trabajo de miles de desarrolladores y la valorización tiene que ver con el proceso de su producción antes que con el producto resultante.

Como en los estados de equilibro de los gases, todo lo que en el mundo de la integración (que anticipa lo que ahora algunos teorizan como “Singularidad”) aparenta ser una estructura constante de conexiones identificables y recurrentes, es sólo eso: una apariencia. En el fondo, las moléculas de esta estructura, los sujetos-pasarela, se comportan como un conjunto caótico y entrópico de operaciones temporales, cada una de las cuales no tiene otro valor para el sistema que el acto de su creación, de su inscripción. La cantidad de servicios que un día iniciamos y cerramos, los miles de proyectos que abrimos y abandonamos, las cuentas que tuvimos y olvidamos, son los rastros de una socialidad sin destino que, sin embargo, en tanto conjunto presenta la apariencia superficial de un mundo estable y ordenado, un “islote de determinismo”, en el sentido de René Thom, en el que aún podemos vivir en la ilusión humanista de ser seres importantes.

Buen rollito :-)